¿Qué hay por aquí?

01 marzo 2011

Reticencia

Cada vez que siento la necesidad de escribir algo tengo el mismo dilema: ¿Dónde está el límite entre mi realidad y mi ficción? ¿Hasta dónde estoy dispuesta a mostrar mis pensamientos íntimos o mis situaciones personales? Y, si entran en juego segundas y terceras personas, ¿Cuándo es o no lícito hablar de ellas? ¿Cuál es el límite que separa la simple anécdota inofensiva de la exposición deliberada ante los ojos de curiosos desconocidos? ¿Cuándo la discreción deja de serlo para convertirse en ofensa?

Supongo que no hay respuesta correcta a ninguna de estas preguntas, por eso suelo pensar que cada persona asumirá el verse reflejada en mis letras como mejor sepa o pueda. Hay quienes son más comprensivos que otros, quienes disfrutan sabiendo que escribo sobre ell@s y también quienes se niegan en rotundo a que se sepa algo de sus vidas, aún cuando las camuflo con metáforas o recursos variados. Cuando se trata sólo de hablar de mí suelo llegar a buen consenso con mi intimidad pero, respecto a los demás, me resulta difícl mantener el grado de empatía adecuado.

Quizás pienso demasiado, en vez de actuar.

07 febrero 2011

Reconciliación

«Con un palito trazaba signos en la arena. Súbitamente suspendió el palito en el aire y miró al cielo. Nada hacía prever que aquel acto decidiría su vida, pero así fue. (...) Poco después estaba sentado ante un papel en el que acababa de escribir la palabra "cielo". Estuvo por añadirle gris o azul pero dudó, tachó, corrigió... "El cielo azul se hace gris / como mi alma entre las hojas", fueron sus dos primeros versos. Entonces se levantó y fue a mirar el cielo. Se sintió tan dichoso que hubo de respirar hondo, con los ojos cerrados, para que la dicha no le ahogase con su fragor de lluvia torrencial. Desde ese día, escribió versos sin descanso.»
Luis Landero, Juegos de la edad tardía

Sé que me gano a pulso la poca credibilidad cuando a los cinco días de empezar algo, desaparezco diez. No ha sido en vano, he necesitado centrarme en algunos aspectos de mi vida y poner en orden muchas otras cosas. Han sido días aparentemente vacíos, pero son muchas las conclusiones a las que he llegado. La más importante para este blog es que he vuelto a reconciliarme con las palabras. Como dije en una entrada anterior, las palabras unidas a mi mente algo enferma, capaces de crear engaños y ambigüedades, fueron menguando, paradójicamente, mis ganas de escribir. Pensé que ya había dicho demasiado, quizá ofuscada por el pensamiento de que no interesa lo que diga o que no estoy capacitada para decirlo como quisiera, pero he comprendido, aunque sea algo obvio, que primero tengo que escribir para que los demás puedan opinar y, sobre todo, para seguir aprendiendo.


30 enero 2011

La inmortalidad

«Los dioses no tienen más sustancia que la que tengo yo»
Juan Ramón Jiménez
Nunca he tenido dioses
y tampoco sentí la despiadada
voluntad de los héroes.
Durante mucho tiempo estuvo libre
la silla de mi juez
y no esperé juicio en el que rendir cuentas a mis días.


Decidido a vivir, busqué la sombra
capaz de recogerme en los veranos
y la hoguera dispuesta
a llevarse el invierno por delante.
Pasé noches de guardia y de silencio,
no tuve prisa,
dejé cruzar la rueda de los años.
Estaba convencido
de que existir no tiene trascendencia,
porque la luz es siempre fugitiva
sobre la oscuridad,
un resplandor en medio del vacío.


Y de pronto en el bosque se encendieron los árboles
de las miradas insistentes,
el mar tuvo labios de arena
igual que las palabras dichas en un rincón,
el viento abrió sus manos
y los hoteles sus habitaciones.
Parecía la tierra más desnuda,
porque la noche fue,
como el vacío,
un resplandor oscuro en medio de la luz.


Entonces comprendí que la inmortalidad
puede cobrarse por adelantado.
Una inmortalidad que no reside
en plazas con estatua,
en nubes religiosas
o en la plastificada vanidad literaria,
llena de halagos homicidas
y murmullos de cóctel.
Es otra mi razón. Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.


La copa de cristal
que pusiste al revés sobre la mesa,
guarda un tiempo de oro detenido.
Me basta con la vida para justificarme.
Y cuando me convoquen a declarar mis actos,
aunque sólo me escuche una silla vacía,
será firme mi voz.


No por lo que la muerte me prometa,
sino por todo aquello que no podrá quitarme.
Luis García Montero
Extraído de Completamente Viernes
(Tusquets, 1998)

25 enero 2011

Tres décadas

Tres décadas

Una imagen vale más...

Los cumpleaños suelen ser motivo de celebración o de depresión, según el caso, pero cualquiera de los dos motivos lleva intrínseca la reflexión, el balance entre pasado y futuro, la ilusión o la resignación ante los buenos propósitos. Al cambiar el dígito y empezar una nueva década todo esto se intensifica aunque, realmente, cambia poca cosa. 

En mi caso, todo sigue igual, no me siento ni tan joven ni tan vieja como otras veces; tengo la misma vida, los mismos sueños, los mismos fracasos, las mismas arrugas... Solo hay matices, delgadas grietas en la apreciación de aquellas pequeñas cosas.

Debo reconocer que con el tiempo me he vuelto un tanto huraña y quizás por eso nació la necesidad de crear este engendro de escritos, fotos y música. Las palabras producen tal cantidad de ambigüedades y engaños, aún estando cargadas de buenas intenciones, que siento que ya he hablado demasiado en mi vida, de la misma manera que ya he oído demasiado. Aún así, dejo la puerta abierta a que esto sea solo un recurso como cualquier otro para expresarme cuando se me antoje, para esas veces en que considere que no es tan malo lo que escribo, aunque lo sea. Espero progresar adecuadamente.